Un Intento de Cuento de NavidadPor Esteban Correa
Érase una vez en una hermosa y fértil tierra, en donde se daban muchos y deliciosos frutos de manera silvestre y colgaban de los frondosos árboles, grandes y coloridos ramilletes de orquídeas como si fueran racimos de plátanos, unos hombres amables y sencillos de piel cobriza, que vivían de manera armoniosa y feliz con la naturaleza, con abundancia de alimentos, adornaban sus cuerpos con plumas y oro, y caminaban libres entre las espesuras y todo lo compartían en comunidad.
Una vez, de lejanas tierras, más allá de las grandes aguas, vinieron unos extraños hombres vestidos de hojalata en unos enormes barcos, con espadas y armas de fuego, que robaron el oro de los hombres de piel cobriza y los masacraron y los esclavizaron. Los hombres de hojalata trajeron consigo a otros hombres de piel oscura, a los que también esclavizaban y obligaban a realizar fuertes tareas.
Con el tiempo los hombres de piel cobriza y los hombres de piel oscura, se convirtieron en muy buenos amigos, quizás, por que compartían su esclavitud y miseria. Después de muchos siglos de cautiverio y convivencia, los hombres de piel cobriza, los hombres de piel oscura y los hombres de hojalata, se mezclaron y dieron origen a unos nuevos hombres con una piel ya no tan cobriza, con la alegría del hombre de piel oscura, un poco de orgullo de los hombres de hojalata pero con el mismo corazón grande y amoroso de los hombres de piel cobriza.
Luego, de las tierras del norte, vieron otros hombres rubios y hermosos, pero de corazón avaro, que querían las plantas y la fauna de los hombres de piel ya no tan cobriza, a la que llamaban; oro verde. Al final convencieron a los hombres de piel ya no tan cobriza, de cambiar su oro verde por goma de mascar, la cual tenía la facultad, según los hombres rubios, de darle prosperidad y felicidad a quien la masticara.
Los hombres de piel ya no tan cobriza, imitaban el caminar de los hombres rubios, masticando goma, tratando de conseguir la felicidad prometida, pero llevaban en sus rostros una expresión tan oscura, que ni el sol ardiente de esas tierras podía iluminar.
Cansados de tantos abusos y pesares, los hombres de piel ya no tan cobriza, muchos en numero, ahora mas fuertes y organizados, reclamaron con valor a todos los demás hombres, el porque los explotaban y los maltrataban. Estos dijeron que no sabían, que solo hacían lo que sus reyes y gobernantes les decían. Entonces buscaron a todos estos reyes y gobernantes, que estaban conformados por hombres rubios, hombres de hojalata, de hombres de piel oscura, de hombres de piel cobriza y muchos otros hombres de muchos colores diferentes de piel, que tenían en común; su gran ambición y maldad.
Atemorizados todos estos reyes y gobernantes, se reunieron en un gran edificio para hablar, planear y dirigir el destino de todos los demás hombres. Llevaban lujosos vestidos y joyas, rodeados de guardaespaldas con muchas armas, y caminaban con la frente tan alta que casi ni podían mirar el piso por donde andaban.
Comenzaron hablar y a discutir entre si, exponiendo sus más negros deseos y ambiciones, llenas de mentiras, orgullo y arrogancia. Mientras mas discutían, mas se desesperaban y mas ruido hacian, hasta que nadie podía escuchar ni entender nada. En medio de semejante alboroto, comenzó a salir de la bocas de estos despreciables hombres un aliento pesado que impregnó todo el edifico, y entre mas discutían y gritaban desesperados, mas denso y espeso se volvía este aire, hasta que todo el edifico quedo envuelto en una negra y gruesa nube, que fue, lentamente asfixiando a cada uno de estos reyes y gobernantes.
Liberados de la maldad de estos malos reyes y gobernantes, los hombres de piel ya no tan cobriza, los hombres rubios y los hombres de hojalata, se abrazaron entre si y se llenaron de felicidad, nombraron como sus gobernantes a los mas nobles nombres de entre ellos y colocaron nuevas leyes en donde nadie saliera perjudicado.
Los hombres de piel ya no tan cobriza recuperaron su dignidad, dejaron de masticar goma, por que les impedía sonreír, cuidaron y comercializaron con justicia su oro verde y volvieron a caminar libres entre las espesuras.
Érase una vez en una hermosa y fértil tierra, en donde se daban muchos y deliciosos frutos de manera silvestre y colgaban de los frondosos árboles, grandes y coloridos ramilletes de orquídeas como si fueran racimos de plátanos, unos hombres amables y sencillos de piel cobriza, que vivían de manera armoniosa y feliz con la naturaleza, con abundancia de alimentos, adornaban sus cuerpos con plumas y oro, y caminaban libres entre las espesuras y todo lo compartían en comunidad.
Una vez, de lejanas tierras, más allá de las grandes aguas, vinieron unos extraños hombres vestidos de hojalata en unos enormes barcos, con espadas y armas de fuego, que robaron el oro de los hombres de piel cobriza y los masacraron y los esclavizaron. Los hombres de hojalata trajeron consigo a otros hombres de piel oscura, a los que también esclavizaban y obligaban a realizar fuertes tareas.
Con el tiempo los hombres de piel cobriza y los hombres de piel oscura, se convirtieron en muy buenos amigos, quizás, por que compartían su esclavitud y miseria. Después de muchos siglos de cautiverio y convivencia, los hombres de piel cobriza, los hombres de piel oscura y los hombres de hojalata, se mezclaron y dieron origen a unos nuevos hombres con una piel ya no tan cobriza, con la alegría del hombre de piel oscura, un poco de orgullo de los hombres de hojalata pero con el mismo corazón grande y amoroso de los hombres de piel cobriza.
Luego, de las tierras del norte, vieron otros hombres rubios y hermosos, pero de corazón avaro, que querían las plantas y la fauna de los hombres de piel ya no tan cobriza, a la que llamaban; oro verde. Al final convencieron a los hombres de piel ya no tan cobriza, de cambiar su oro verde por goma de mascar, la cual tenía la facultad, según los hombres rubios, de darle prosperidad y felicidad a quien la masticara.
Los hombres de piel ya no tan cobriza, imitaban el caminar de los hombres rubios, masticando goma, tratando de conseguir la felicidad prometida, pero llevaban en sus rostros una expresión tan oscura, que ni el sol ardiente de esas tierras podía iluminar.
Cansados de tantos abusos y pesares, los hombres de piel ya no tan cobriza, muchos en numero, ahora mas fuertes y organizados, reclamaron con valor a todos los demás hombres, el porque los explotaban y los maltrataban. Estos dijeron que no sabían, que solo hacían lo que sus reyes y gobernantes les decían. Entonces buscaron a todos estos reyes y gobernantes, que estaban conformados por hombres rubios, hombres de hojalata, de hombres de piel oscura, de hombres de piel cobriza y muchos otros hombres de muchos colores diferentes de piel, que tenían en común; su gran ambición y maldad.
Atemorizados todos estos reyes y gobernantes, se reunieron en un gran edificio para hablar, planear y dirigir el destino de todos los demás hombres. Llevaban lujosos vestidos y joyas, rodeados de guardaespaldas con muchas armas, y caminaban con la frente tan alta que casi ni podían mirar el piso por donde andaban.
Comenzaron hablar y a discutir entre si, exponiendo sus más negros deseos y ambiciones, llenas de mentiras, orgullo y arrogancia. Mientras mas discutían, mas se desesperaban y mas ruido hacian, hasta que nadie podía escuchar ni entender nada. En medio de semejante alboroto, comenzó a salir de la bocas de estos despreciables hombres un aliento pesado que impregnó todo el edifico, y entre mas discutían y gritaban desesperados, mas denso y espeso se volvía este aire, hasta que todo el edifico quedo envuelto en una negra y gruesa nube, que fue, lentamente asfixiando a cada uno de estos reyes y gobernantes.
Liberados de la maldad de estos malos reyes y gobernantes, los hombres de piel ya no tan cobriza, los hombres rubios y los hombres de hojalata, se abrazaron entre si y se llenaron de felicidad, nombraron como sus gobernantes a los mas nobles nombres de entre ellos y colocaron nuevas leyes en donde nadie saliera perjudicado.
Los hombres de piel ya no tan cobriza recuperaron su dignidad, dejaron de masticar goma, por que les impedía sonreír, cuidaron y comercializaron con justicia su oro verde y volvieron a caminar libres entre las espesuras.


1 comentarios:
Ojala...de algun modo surgiese una niebla oscura que se llevase la avaricia y explotacion a otros mundos....gracias por tan lindo cuento...
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